“Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del
pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas”
Julio Cortázar
Lo cierto es, que no hay palabras exactas para describir ese preciso instante que sucede en pocos segundos, pero para quien lo siente se convierte en una eternidad.
El reloj sigue adelante pero tú estás parado, como ausente, distante y miles de personas giran a tu alrededor sin embargo, te sientes sumido en la más profunda soledad.
Tus ojos, mantienen la constante imagen mezclándose con el torrente de lágrimas que retienen. Miles de palabras se te atragantan en la garganta mientras sientes como algo te atraviesa con tanta fueza el pecho que te cuesta respirar. Se te clava profundamente, te duele y deseosa tu boca por gritar es incapaz. Se queda paralizada ante el estruendoso grito que solo escuchan tus oidos. Un grito que suplica “por favor llevátelo”, “arráncamelo por favor”. Pero a pesar de todo, no puedes hacer nada y ahí estas tú, inmóvil, guardando el tipo.
Entonces cuando pareces reaccionar, tus labios en un último esfuerzo se tensan en lo que parece una sonrisa que ni siquiera sientes, porque no puedes sentir nada más tras este eterno intante.







